Cómo reconocer una relación controladora y manipuladora

Las relaciones entre las personas tienen tantos matices como combinaciones posibles existen entre todos los habitantes del planeta. No podemos hablar de un modelo relacional ya que ni siquiera la misma persona establece el mismo tipo de relaciones con diferentes personas. Esta conducta natural e inconsciente encuentra su explicación en los diferentes ámbitos en los que éstas nacen. Sin ir más lejos, dentro de una misma familia pueden construirse relaciones de pertenencia y colaboración entre los padres y sus hijos o entre los hermanos entre sí, o todo lo contrario, por lo cual es de esperar que fuera del núcleo primario que es el hogar de las personas aparezcan situaciones complejas e imposibles de clasificar.

Las relaciones controladoras y manipuladoras suelen asociarse a las relaciones de pareja, pero éstas no son patrimonio exclusivo de las relaciones de pareja sino que también es común que existan amistades con estas características. Identificarlas desde fuera siempre es mucho más sencillo que reconocerlo desde adentro. Antes este escenario es de máxima importancia que un tercero lograr concientizar a la persona víctima de esa relación de que lo que está escogiendo para su vida no es sano. Muchas veces estas situaciones embrionarias culminan en prolongadas terapias psicológicas que comienzan a correr lentamente los velos de la persona que sufre la relación y acompañan una suerte de despertar que desemboca en la ruptura, pero no es la regla.

Mientras que existen relaciones que siempre han sido iguales y sólo era necesario un episodio concreto que desbaratara la farsa e hiciera caer las apariencias, hay otras relaciones que progresivamente comienzan a transformarse y arruinan algo que alguna vez puede haber estado muy bien. Los celos en la pareja son un ejemplo muy claro de cómo actúa una persona controladora y manipuladora. Comienza con una escena aislada, alguna discusión derivada de ello y lo que sigue luego es una escalada pronunciada e intempestiva, alimentada por los signos más insignificantes para seguir atacando a la otra parte de la relación sobre la base de presuntas culpas e incumplimientos y sofocarla.

Lamentablemente, la fluctuación es una de las características de las relaciones enfermizas como las que aquí comentamos: habrá etapas en la que el malestar será evidente e incluso admitido por la persona, mientras que habrá otros periodos en los que con tal de negar la situación y tolerando lo imposible la misma persona sería capaz de encerrarse en un sitio sin abrirse a nadie, negando mil verdades. La forma de acabar con estas relaciones es elegir no someterse a los juegos que proponen las partes enfermas de la relación, sea ésta una amistad o un romance. Poner en evidencia desacuerdos elementales y cortar con ella rotundamente. Ningún vínculo es tan fuerte como para no romperse por ninguna causa. Por doloroso que sea, la decisión debe ser caminar cada uno su camino y que estos nunca se vuelvan a encontrar.

 

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Categorias: Psicologia
Ultima modificación: 07/03/2012